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TODO COMENZÓ CON MI MAMÁ

TODO COMENZÓ CON MI MAMÁ

Todo comenzó con mi mamá. Ella siempre ha amado las joyas.

Cuando yo tenía cinco años, su tocador estaba lleno de cuentas de colores, piedras, dijes y piezas que se habían roto. En Xalapa, donde crecí, la humedad era capaz de arruinar hasta los materiales más nobles, así que siempre había algo esperando ser reparado. Me gustaba abrir los cajones y mirar todo aquello. No sé exactamente cuándo empecé a tomar algunas piezas para hacer mis propios collares y pulseras. Supongo que simplemente sucedió.

Lo que sí recuerdo es que empecé a venderlos.

Mis papás son maestros. No crecí rodeada de empresarios, diseñadores o comerciantes. No sabía lo que era emprender. Yo solo sabía que había personas que querían mis collares y que después me daban dinero. Dinero que casi siempre terminaba en la tienda de la esquina.

Durante un tiempo todo funcionó perfectamente, hasta que una tarde alguien tocó la puerta de mi casa.

La señora se llamaba Socorro. Yo le había prometido un collar.

Nunca me habían castigado, pero había visto a otros niños ser castigados tras hacer algo "malo" y sabía que existía esa posibilidad. También sabía que probablemente había hecho varias cosas mal: estaba tomando materiales que no eran míos, estaba vendiendo cosas sin permiso y estaba recibiendo dinero por ello.

Así que cuando escuché a aquella señora preguntando por mí desde la entrada, sentí que algo dentro de mí se hacía pequeño.

Mi mamá abrió la puerta.

—¿Quién es usted?

Recuerdo escuchar la conversación desde lejos. Recuerdo la voz de la señora. Recuerdo pensar que todo había terminado.

Entonces explicó que estaba buscando a la niña que le había vendido un collar.

Corrí a mi cuarto, tomé el collar y lo metí en una caja de lentes Etro que me parecía la cosa más elegante del mundo. Se lo entregué, le di las gracias y volví a correr.

Mucho tiempo después entendí que aquel era el momento en que esperaba mi castigo. Pero nunca llegó.

Mi mamá pasó un largo rato hablando con Socorro. Después vino a buscarme. Me explicó, entre risas, que no debía tomar cosas que no eran mías y mucho menos venderlas.

Y luego hizo algo que cambió mi vida.

Me llevó al Callejón del Diamante para comprar mis propios materiales: piedras, cuentas, herramientas y todo lo necesario para que pudiera seguir haciendo joyería.

Más de veinte años después sigo haciéndolo.

Todavía me siguen fascinando las piedras. Todavía me siguen fascinando las historias. Y todavía me sigue pareciendo increíble que alguien quiera llevarse a casa algo que hice con mis manos.

María.